Espejismo: Un cuento encontrado.

Hace bien poco, ordenando los cajones me encontré con una libreta moleskine usada al completo de hace ya unos años en la que ojeando encontré un pequeño cuento breve del que casi me había olvidado. Espero rescatar algún textito interesante más:

Espejismo:

Escrito en algún momento durante el mes de enero o febrero de 2008. Transcrito de la moleskine.

 

Enrico llegaba tarde a su cita con su colega, sabía que era importante, por eso ajustaba el nudo de su corbata y respiraba profundamente. Bajando por las escaleras, apresuraba sus pasos. Pensaba en como deslizar los pies de manera que pudiera llegar más rápido al siguiente peldaño. Era solo cuestión de práctica y no tardó en aprender que al desplazar la mitad de la planta del pie sobre cada filo del escalón se dejaba caer rápidamente.

Era un día nublado, hacía una humedad fresca y el suelo todavía estaba ensombrecido del agua recién caída. Era espléndido jugar a intentar a llegar a ver en lo más lejos del horizonte sin el duro reflejo del sol. Todo tiene una viveza muy especial después de haber llovido.

Aún así, Enrico hoy no escuchó el canto del cuervo que se balanceaba en las ramas del que atestiguaba los amaneceres de las infinitas vistas. Tampoco se percató de la melancólica rugosidad de las rocas sobre las que se apoyó, ni el brillo del charco donde hoy no se vio reflejado.

-“si, si es genial… fantástico, me encanta. Tu tan solo ocúpate del barniz, yo esbozaré el resto…”

-“vale, vale, vale” decía inquietamente Enrico antes de partir.

Las orquídeas y las madreselvas y especialmente las enredaderas son siempre testigos fieles del pasar del tiempo. A veces incluso revelan historias fugaces que no se ven a simple vista. Como aquella tupida enredadera que contempló los pasos de Enrico escaleras abajo, pero las hendiduras cinceladas, arropadas en la vetusta piedra pasaron desapercibidas como un susurro que decía grabado en la pared:

“En la opaca y desvanecida luz ya no podía reconocer donde acababa la montaña y donde empezaba el cielo” (In der Stumpfen schwindenden Licht konnte ich kaum noch erkenennen wo der Berg endete und wo der Himmel anfing)

De aquello Enrico tampoco se dio cuenta. En este momento se abría la puerta de la moderna cafetería y buscaba tímidamente a su a amigo con la mirada.

-“Vaya, perdona el retraso. Bueno, como ya te dije, ya lo tengo todo. Serán un par de toques y ya está”

-“Imagínatelo, creo que no sería inconveniente el tema preparatorio… De hecho ya se nos hace arde. Deberíamos irnos ya…”

En ese momento, Enrico sintió una palpitación en su bolsillo, metió la mano, pero no había nada más que esas pelusas de siempre. En la americana tampoco estaba. Supuso que se lo habría dejado.

-“Un momento, espera, vuelvo enseguida” dijo Enrico.

-“Hemos quedado delante del hotel en 20 mn, ya sabes que no le gustan los retrasos, acuérdate, iremos los dos en coche”

Algo vibraba detrás de los párpados de Enrico. Los rostros aturdidos del lugar estaban mudos, su boca estaba seca y su mirada se perdió. Su inquietud no era pronunciable en sílabas.

-“Paga los cafés”

Enrico salió a la puerta, miró los duros y negros adoquines cuando sonaron las campanas de mediodía, y por un momento pensó que el sol saldría de su escondite, que no vería el horizonte, su sombra sería invisible, el agua se evaporaría y no se vería más en el charco.

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